LOVE/HATE
Wasted In America
(Sony Music)

Hace unos meses creo que fue una lectora la que nos transmitía en un mail su impresión de que esta sección de clásicos estaba bien, pero que había en ella demasiada presencia de lo que denominaba ingeniosamente "Rock Geffen". Y la verdad es que tiene razón, al menos por lo que a mí me toca, porque aunque muchos no sean discos de Geffen, sí es cierto que la mayoría de los que yo he seleccionado son de la época en que esta discográfica parecía que dominaba el mundo. Es sin embargo esa apreciación el resultado de la falsa impresión proporcionada por el hecho de que fuera Geffen el sello de Guns N' Roses y Aerosmith, grupos con discos que estaban entonces en todas las casas. Pero, ah amigos, en la época dorada del hard rock no todos los discos los sacaba Geffen, ni mucho menos. ¿Quién sacaba los de Slaughter o los de Poison?¿Y los de White Lion, Tesla o Cinderella? No es tan fácil como saber quién saca los de Iron Maiden o sacaba los de AC/DC ¿verdad? Yo respondo afirmativamente, porque de estos últimos los tenía todos sin falta, mientras que de los primeros era otro cantar. Sí, ya está bien de decir que al hard rock se lo cargó el grunge o Nirvana: al hard rock se lo cargó la gente, que no quería hard rock o simplemente no lo demostró cuando llegaba a las tiendas.

Jizzy Pearl, cantante de Love/Hate, cuenta esa historia de diferentes maneras según el día. Igual uno te dice que la banda se quedó sin contrato discográfico debido a la aparición de Nirvana -es lo más rápido de responder y además lo que quieren escuchar muchos periodistas, de modo que para qué decir otra cosa-, que otro te dice la verdad, que no es otra que su sello -Sony o Columbia, como queráis, pero no Geffen- se gastó un dinero en la banda y su promoción que las ventas de sus discos nunca ayudaron a recuperar. Y lo paradójico del caso es que Love/Hate -como en mayor o menor medida el del resto de bandas que han desfilado por aquí- no es una banda precisamente del montón. Dos discos como los dos primeros que grabaron, por poner un ejemplo, nos harían postrarnos ante la banda que los sacara hoy en día. Y entonces también eran realmente buenos, pero quizás no había mercado para tanta oferta -en esta sección no paramos de sacar bandas de la época y a buen seguro no llegamos a cubrir ni el 5% de las que publicaban por entonces- o la gente de los sellos realmente no sabía cómo emplear correctamente su dinero. Lo era el primero, Blackout In The Red Room, también el segundo, que hemos elegido para comentar, pues Wasted In America que es como se titulaba, reflejaba el estado de una banda por entonces fuera de control y, como consecuencia de ello, mostrando la versión más genuina de sí misma. Y no digo eso porque aquí alabemos las drogas como fuente de inspiración –pues bajo su influjo se grabó este álbum-, ni mucho menos, sino porque es evidente que en la gestión de su magnífico predecesor la banda estaba más influida por lo que se facturaba entonces. Pasaba entonces y pasa ahora en los grandes sellos, y Love/Hate, una de las bandas con más personalidad de la época –quizás por el carácter irreflexivo/descerebrado de sus integrantes-, también convino a tamizar su oferta por unos cuantos filtros que a ojos de sus managers y representantes la hicieran más atractiva.

Love/Hate (Jizzy Pearl -voz-, Skid -bajo-, Jon E. Love -guitarra-, Joey Gold -batería) como tantos otros, fueron descubiertos en Los Angeles donde actuaban en el 89 en el Whisky A Go-Go, aunque en su caso lo hicieran como banda residente y no pagando como hacía el resto, porque eran incapaces, entre otras cosas, de salir a vender entradas. Eran, más que una banda auténtica, unos personajes auténticos. Mientras otros viajaban a Los Angeles y amoldaban su imagen y oferta a lo que se suponía que funcionaba en la época con la intención de ser fichados, Love/Hate eran una banda local, integrada por un puñado de perdedores y borrachos, que no recibían el respeto de sus colegas y vecinos. No obstante eso cambió cuando fueron fichados por Sony, que les colocó, a golpe de talonario, en la primera división de la escena de la época (ya se sabe, si pones una página de publicidad semana tras semana en una revista, tu seguimiento por parte de la misma está garantizado). De ese modo el disco funcionó, aunque como el mismo Jizzy confiesa en su biografía de la banda, no lo suficientemente bien como para compensar la inversión del sello. Sin embargo Sony continuó con sus apuesta por Love/Hate de cara a sus segunda entrega y Jizzy, Skid y compañía se mudaron a New York para grabar la continuación de Blackout. No obstante allí no encontraron la paz, y en medio de un ambiente a veces tenso (la opinión acerca de la línea que debía seguir el grupo difería muchas veces entre Skid y el resto de la formación) y otras demasiado distendido –las fiestas plagadas de sexo y drogas no se quedaron en LA- se gestó Wasted In America.

Cobijado tras una cubierta de nuevo pintada por Skid (recreando la famosa paliza que la policía angelina dio a Rodney King), el álbum muestra a unos Love/Hate que facturan un hard rock todavía más ecléctico, crudo y personal que en su debut. Y es que, aunque su vocalista se empeñe en apuntar que en él sufrieron más presión por parte de su sello que en su predecesor, Wasted no es una obra por la cuál sus autores se tengan que ruborizar reconociendo su acercamiento a los estándares de la época. Si fuera así, sería en todo caso en Don't Fuck With Me, la balada “peligrosa pero amable” que incluye, pero que no deja de ser un punto anecdótico en un álbum que dentro de la escena hard rockera de principios de los noventa es difícil de encajar. Ninguno de sus temas es un hit single en potencia –la prueba es que nadie entendió por qué Sony eligió como primer single Happy Hour- pero todos son grandes cortes. Wasted In America abre fuego con su inicio lisérgico para convertirse en todo un himno desmintiendo –o dando la nueva versión- del american way of life -; antes de que el funk aterrice en Spit, una prueba de la extraña mezcolanza efectuada por la banda que le inyectaba estribillos puramente hardrockeros y puentes corales generando el desconcierto del oído no acostumbrado (un suicidio si se quiere optar a ascender en las listas de ventas) y provocando el deleite del que quería escuchar en aquella fechas algo especial sin renunciar a escuchar buenas composiciones e interpretaciones (ya me entendéis). Así seguía el álbum, desgranado joyas de puro hard rock que se salían de lo convencional tanto en lo musical como en lo letrístico, quizás fruto de que los miembros de la misma banda no sabían ni donde estaban, disfrutando de tanta pasta como entonces tenían. Pero que más da si nos dejaban temazos como Miss America o Cream, e incluso se adelantaban a su tiempo como hacían en la más oscura Don't Be Afraid. Ya sabéis, la genialidad a veces aparece bajo las más variadas formas.

Lo cierto es que Wasted In America era uno de esos discos grandes que no entran a la primera escucha, para ir adquiriendo poco a poco su verdadera dimensión (tampoco os equivoquéis, hay discos que no entran ni a la primera ni a la última). Sin embargo, eso –y la ingente cantidad de pasta que les estaba costando el grupo- no hicieron mucha gracia a la gente de Sony que, tras no hacer un gran esfuerzo imaginativo para publicitarlo, decidieron deshacerse de la banda. Por entonces Love/Hate giraban por Europa, abriendo para Ozzy Osbourne (así aterrizaron para actuar en Zeleste el 14 de marzo del 92), y a su regreso, cuando intuyeron que se iban a la calle por las escasas ventas de su álbum, es cuando tuvieron la genial idea de que Jizzy Pearl se crucificara en la “Y ” del cartel de Hollywood en la que es una de las anécdotas más célebres de la historia del rock, aunque de poco sirvió a la banda, cuya popularidad no paró de descender desde el fracaso comercial de Wasted In America, a la que siguió un correctoy y a desapercibido Let's Rumble antes de que la banda mutase y se convirtiese en algo irreconocible. Actualmente, lo que queda de la banda se puede encarnar en la figura de su vocalista Jizzy Pearl, cantante habitual de discos de tributo de medio pelo, sustituto de otros vocalistas ya sea en Ratt o en Adler's Appetite y superviviente como puede de la escena angelina de finales de los ochenta/principios de los noventa a base de anunciarse como el cantante de Love/Hate, un nombre que tiene un peso -quiero creer- no por las veces que apareció anunciado en Rip o Metal Hammer, sino por lo grabado en discos como éste.

Juan E. Tur

 

GIRLSCHOOL
Take A Bite
(GWR)

James Brown cantaba que este es un mundo de hombres. Cuando vas a un concierto y miras a tu alrededor te das cuenta de que esa afirmación parece bastante acertada en lo que al rock se refiere: la proporción de mujeres entre el público suele ser bastante baja, y no digamos ya entre los músicos, si bien siempre han existido excepciones. Honrosas y no tan honrosas. Una aproximación extrema de la figura de la mujer al mundo del rock duro la situaría como reclamo sexual para un público que, ya se ha visto, es mayoritariamente masculino. Esta práctica está casi siempre urdida o al menos impulsada por las discográficas. En el polo opuesto estaría la mujer utilizando la agresividad del rock para expresar una rebelión contra ese tipo de actitudes, desde el punto de vista de lo que se viene a denominar como feminismo. De ambos extremos existen ejemplos, pero, ¿ha existido alguna banda en un punto intermedio entre ambas posturas?

La respuesta es sí, y no se me ocurre mejor ejemplo que las británicas Girlschool. Con una imagen alejada del glamour, similar a la indumentaria de cualquier fan del rock a nivel callejero y un sonido tan potente como los que facturaban las bandas más incendiarias del momento, surgieron a finales de los 70 en el sur de Londres abogando en sus canciones por una temática que mezclaba la diversión y la fiesta con la reivindicación derivada de su condición de grupo íntegramente femenino en un mundo tan falocrático. Así, el grupo compuesto por Denise Dufort a la batería, Enid Williams al bajo y voz, Kim McAuliffe a la guitarra y voz y Kelly Johnson a la guitarra solista y voz, surgió en tierra de nadie, en una trinchera entre las dos corrientes extremas: ni vendían excesivamente su feminidad (tampoco destacaban físicamente, todo sea dicho), ni denunciaban o reivindicaban de una manera tajante; pero éste no fue el único conflicto en el que se encontraron en medio del fuego cruzado, ya que compartieron con sus queridos amigos, mentores y protectores Motörhead la condición de demasiado heavies para el movimiento punk y demasiado punks para el movimiento heavy, si bien fue en este último donde mejor encajaron y donde ellas confesaban sentirse más a gusto. No en vano han pasado a ser consideradas una importante pieza de la llamada New Wave Of British Heavy Metal, denominación que se dio a la oleada de conjuntos surgida a finales de los 70 entre los que se incluye gente como Iron Maiden, Saxon, Def Leppard y un largo etcétera.

En fin, hasta aquí esta pequeña puesta en situación, demasiado parcial y superficial para un tema que daría tanto de lo que hablar, soy consciente de ello, pero mi intención es simplemente romper un poco con los prejuicios que seguramente muchos todavía tendrán cuando se habla de un grupo heavy femenino, y es que somos así de mendrugos. El disco que nos ocupa es, a mi juicio, uno de sus mejores junto con sus dos primeras obras, Demolition y Hit And Run y representa la vuelta a la buena forma, que ya se apuntó en el inmediatamente anterior Nightmare At Maple Cross, tras una serie de lanzamientos en la primera mitad de los 80 que no acabaron de gustar, hundiendo poco a poco a la banda en el olvido. La cosa fue más o menos así: tras unos comienzos macarras al estilo Motörhead, endulzaron progresivamente su sonido, seguramente presionadas por la discográfica, o a lo mejor es que querían ganar más pasta, es comprensible; el caso es que empezaron a aparecer más canciones de amor, versiones de grupos glam, sintetizadores, etc. Incluso intentaron (sin éxito) el asalto al mercado americano en 1985 con Running Wild, su disco más comercial, para el que contaron incluso con una cantante y teclista (Jackie Bodimead), convirtiéndose en quinteto. Tras el castañazo comercial, Mercury les rescindió el contrato y volvieron por sus fueros: formación de cuarteto y sonido algo más endurecido. Contaron para ello de nuevo con la producción de Vic Maille, artífice de sus primeros discos y de los de Motörhead, con los que volvían a compartir discográfica.

Así, en 1988 graban este Take A Bite que conjuga acertadamente el poderío rockanrolero de sus inicios con la cuidada producción propia de la época. Se puede decir que tras varios experimentos, por fin han dado con la fórmula. Otro punto a favor es la voz de Kim McAuliffe, que se ocupa aquí de cantar en la totalidad de los temas, toda vez que ya no están ni la anterior cantante Jackie Bodimead, ni Kelly Johnson y Enid Williams, con las que compartía las voces en los inicios de la banda (si bien la pelirroja bajista hace los coros en el tema This Time, anticipando su vuelta al seno del grupo unos cuantos años después); y es que el deje macarra de Kim queda de miedo en los cañeros temas que se suceden de principio a fin del disco. Únicamente se levanta el pie del acelerador en la irresistible Head Over Heels, compuesta por el mismísimo Lemmy Kilmister y en Don't Walk Away, sin que ello signifique que sean baladas, sino más bien medios tiempos. El resto de canciones tienen un feeling muy similar: efectivísimas dosis de heavy rock festivo con estribillos memorables y el buen trabajo de la australiana Cris Bonacci a la guitarra solista (demostrando ser bastante más técnica con su instrumento que la anterior Kelly Johnson), de entre las que yo destacaría Action, que abre la escucha preparando al oyente para lo que viene, la cachonda Love At First Bite, con su estribillo entre ridículo y genial (“Love at first bite, i'm a sucker for you”) y Too Hot To Handle, de sonoridad muy similar a la de sus comienzos y nuevamente con pegadizo a la par que simple estribillo, con la que cierran el chiringuito. Mención aparte merece la versión que se marcan de la archiconocida Fox On The Run de Sweet, que seguramente recordarás tocada por Mad Max si fuiste oyente del programa radiofónico de El Pirata hace unos añitos. Quizá es una canción un poco quemada, pero su calidad compositiva intrínseca y lo bien que les ha quedado a las Girlschool hacen que no me canse de escucharla.

Es que de este disco me gusta todo. Si tuviera que ponerle un pero, sería esa portada tan cutre, que a mí me recuerda a esos infames dibujos barraqueros hechos con aerógrafo. Bueno, a lo mejor no es tan horrible (es que se ve cada cosa por esas barracas de pueblo...), pero casi. Una pena que, a pesar de que lograron salir un poco del ostracismo en que habían caído a lo largo de los 80 con esta gran obra, no consiguieran romper, ni en América ni aquí. Así, tras diez años dando el callo sin demasiados beneficios, lo dejaron en 1988 después de compartir cartel en la Rusia de la perestroika con Ronnie James Dio y los depauperados Black Sabbath de la época. Cuatro años después volvieron a la carga y aún se mantienen en activo y sacando discos más que dignos en mi humilde opinión. Haz un acto de justicia y escucha a unas mujeres reconocidas no por estar muy buenas, sino por ser muy buenas.

David Ibáñez.