VINCE NEIL
Exposed
(Warner Bros)

Si en lugar de vivir en este oscuro país lo hiciéramos en cualquier otro -obviamente del primer mundo- veríamos como el 2005 tiene todas las papeletas para ser el año Crüe. Hubo una época en que Mötley Crüe llegó a reinar y ni siquiera el carácter envidioso del viejo continente pudo eclipsar su empuje. Sin embargo la "mala vida" de sus integrantes hizo estragos en el seno de la banda hasta desembocar en su ruptura cuando se encontraban en el punto más álgido de su carrera. Ahora han regresado con su formación original, y aunque no es la primera vez, prometen que sí será la última. Y por eso, por lo que fueron y son, da igual que Mötley Crüe sean la antítesis absoluta de todo lo que hoy es admirable, su país y el resto del mundo occidental -el del lujo y la miseria, la libertad y el libertinaje, en definitiva, el suyo- se ha rendido de nuevo a sus pies. Todo esto en cambio, no es óbice para que la Crüe se tenga que llevar de nuestra parte un merecido capón por el lanzamiento de un nuevo recopilatorio en el que incluyan tan sólo tres temas nuevos (uno de ellos una graciosa versión). Y lo que es peor de todo, renunciando una vez más -como ya hicieron en Generation Swine- al estilo que les encumbró. New Tattoo fue un buen álbum, pero Lee no estaba presente en la formación, y su regreso ha significado una nueva negativa a facturar hard rock de la escuela que ellos mismos bautizaron. ¿Qué pasaría si no fuera así? Eso nunca lo sabremos, pero uno quiere pensar que la respuesta ya existe y que suena igual que el mejor álbum que Mötley Crüe nunca grabaron; un disco que es el que nos ocupa: el Exposed de Vince Neil.

Dice la leyenda que fue un comentario de Vince Neil, afirmando que las carreras de velocidad le importaban más que la música, el que propició su expulsión de la Crüe en febrero de 1992. Las razones verdaderas las desconozco -por desgracia aún no he leído la versión de The Dirt- pero lo cierto es que quizás no serían esas las únicas (o simplemente a Neil le interesaban más las carreras, pero no sólo ellas) porque días después de su expulsión el vocalista ya había aceptado la oferta de componer el tema central para la banda sonora de Encino Man (aquí titulada El hombre De California). Y claro, un hombre de mundo como él, no tardó en recibir la ayuda de dos colegas y al tiempo monstruos de la composición como Tommy Shaw y Jack Blades (entonces triunfando en Damn Yankees) para un trabajo que se extendería más allá del encargo. Y es que todo se puso en seguida a su favor. Primero reclutó a una banda de ensueño integrada por Vikki Fox (Enuff Z' Nuff), los entonces desconocidos Robbie Crane (posteriormente en Ratt) y Dave Marshall (ahora lo sigue siendo) y, por encima de todos ellos, el guitarrista Steve Stevens (habitual de Billy Idol), que a la postre haría que un álbum potencialmente bueno, se convirtiera en la bomba que es. Producido -por si faltaba algo- por el mismísimo Ron Nevison (junto a Mutt Lange, uno de los protagonistas de la época dorada del hard rock desde su mesa de mezclas) Exposed veía la luz la última semana de abril de 1993. Y pese a que a algunos no les parezca tan revelador como su título indica, el álbum sí que era toda una declaración de principios. Efectivamente, Neil no abría su corazón y nos contaba sus penas como ya empezaba a ser habitual en la época, sino que nos lanzaba un álbum con carpeta plateada, acompañada de tipos ultra maqueados -nada de camisas de leñador- y de dudosa sexualidad, y entonando unos himnos centrados casi exclusivamente en el sexo y en su enorme ego. Vamos, que se revelaba como lo que es: el cock rocker número uno.

De todos modos, como ya nos ha pasado con algún otro clásico, la apertura del disco no apuntaba con precisión lo que vendría a continuación. Porque Look In Her Eyes casi rozaría el sonido Dokken de Back For The Attack, con un Steve Stevens que no quería esperar ni a la segunda canción para demostrar su enorme -y todavía por muchos desconocido- potencial como guitarrista. Vaya solo, qué nudo y qué increíble final para abrir como una apisonadora el trabajo. Eso sí, Look In Her Eyes era solo la carta de presentación, una petición de respeto, para meterse después en harina. Sister Of Pain era la primera muestra de la brillante colaboración de Neil con Shaw y Blades, que firmaban un tema de puro hard americano y vacilón, aunque brillantemente elaborado. O lo que es lo mismo, no al alcance de cualquier grupillo, algo que se repetiría con el resto de los temas del álbum. Porque, que quede claro, aunque parezca intrascendental, Exposed es una joya. Can't Have Your Cake, a pesar de ser fruto de Neil y Stevens, seguía la estela de su predecesora aunque su melodía más directa la convirtió en uno de los singles del álbum. Algo que no fue la siguiente Fine, Fine Wine, uno de mis cortes favoritos del disco. Rockero, pegadizo y duro, el tema era un tema puramente Crüe, una auténtica bomba compuesta junto al bajista y compositor Phil Soussan, también culpable -como coautor de muchas de sus piezas- de la calidad del álbum. Tras ella, ubicada con precisión para que hasta el más tonto se diera cuenta de que la diversión no estaba reñida con la calidad, aterrizaba The Edge. Esta era la canción más elaborada del álbum, desde su equívoca introducción con aires flamecos a su desparrame de rock duro al filo del metal. Sin duda el contrapunto, con su toque apocalíptico, al desenfado general que se respira en todo el LP. La siguiente Can't Change Me era un regalo de Blades y Shaw a Neil y suponía un correcto medio tiempo optimista en la onda del Time For Change de Dr. Feelgood (entonces sería un tema más, ahora, una delicia). La tralla se retomaba con una versión del clásico Set Me Free de los Sweet, que sonaba igual de potente que en el original (que en el 74 ya era brutal) en la revisión de Stevens y Neil. La convencional Living Is A Luxury constituía sin duda el punto más flojo del álbum, pero era difícil mantener el nivel general. Un nivel que alcanzaba de nuevo un pico en You're Invited (But Your Friend Can't Come), el single para la banda sonora que desencadenó todo el álbum y que supone un compendio de todo lo que el trabajo contiene: tralla, virtuosismo instrumental y diversión. Y ya no bajaría. Porque Gettin' Hard y su adictivo riff ponían la última nota socarrona del disco para que, finalmente, la inevitable balada, titulada Forever (no es Home Sweet Home pero es sin duda mejor que Without You), pusiera la guinda final a un trabajo prácticamente perfecto.

Exposed alcanzó la decimotercera posición del Billboard en 1993, una posición nada desdeñable en una época aciaga para el hard rock, y tan solo seis puestos por detrás del más alto que alcanzarían sus ex-colegas de la Crüe con Corabi al frente unos meses después. No obstante Neil no se centró tampoco mucho en el disco y compaginó su grabación con su afición por los coches y su papel de piloto y patrocinador en las Indy Lights Racing Series. Así la banda se desmembraría y la pérdida de Stevens -y del oremus por parte del vocalista- se haría latente en Carved In Stone, un disco en el que Neil olvidó su identidad y fracasó estrepitosamente. Sin embargo, esa es -como siempre decimos- otra historia. La que nos ocupaba es la de un tiempo en la que Neil, pese a salir de la banda que le dio la fama, no se amedrentó ante nadie; en el que las rock stars todavía lo eran y se profesaban un respeto mutuo -aunque fueran perdiendo el de los demás-; un tiempo en el que las grandes leyendas cayeron, pero que, precisamente por eso, sigue siendo inolvidable. A muchos de los que vinieron después nadie les vio marcharse, pero es obvio ya no están. Esos, porque a nadie le importan ya -al contrario que Mötley Crüe- nunca se reunirán.

Juan E. Tur

 

JOHNNY CRASH
Neighbourhood Threat
(CBS)

De nuevo ante la estantería y de nuevo dudando. ¿Ningún disco merce ser considerado un clásico? Sí, cientos, pero ya son considerados como tal y se ha hablado y escrito de ellos miles de veces. ¿Y el resto? La mayoría que consideras perfectos ya han salido en la sección, otros crees que todavía son bastante conocidos y el resto no los ves tan redondos como para ponerlos a la altura de joyas que adoras y de las que ya has escrito (además de, obviamente, la infinidad de clásicos que no están en tu discografía). De modo que miras, remiras, coges, escuchas, descartas, y finalmente te quedas con uno, que no es ni perfecto, ni magnífico, ni popular, pero sí lo suficientemente macarra como para que encares la ardua pero gratificante tarea de desenterrar un nuevo disco que no crees que no defraudara a tus queridos lectores. Y eso es este Neighbourhood Threat, un disco que no dio la fama a sus autores, que no inventaba nada, que en el momento en que salió se perdió entre infinidad de lanzamientos, pero por el que ahora correríamos a las tiendas si saliera uno como él cada dos meses.

Su historia se remonta a la Gran Bretaña de mediados de los ochenta, donde un joven Vicki James Wright, cantante de Tokyo Blade, ve como su horizonte se extiende mucho más allá de las metas que le ofrece su actual formación. Y más cuando su último álbum, orientado hacia el sonido americano que tanto le gustaba se convierte en el primer pinchazo de la banda. De modo que, si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña. Y así, con la gira de presentación de Blackhearts And Jaded Spades recién contratada, Wright abandona Tokyo Blade y parte hacia LA. En sus primeros años por allí sólo encontraría miseria y, como no, se topó con otros miserables, entre los que destacaría Christopher Stewart. De cómo el primero convencería al segundo para formar parte de su banda de versiones de Tokyo Blade, la Vicki James Wright Band, no hay noticia, pero sí de que fue primero el fracaso de este proyecto, y después la fallida audición de Wright para LA Guns, los que propiciaron el nacimiento de Johnny Crash. Y es que ¿quién iba renunciar a las facilidades que brindaba la industria a las nuevas formaciones angelinas a finales de los ochenta? Reclutando Stewart a su amigo August Worchell para que le acompañara en las guitarras, y dejando pasar a su colega Andy Rogers para hacerse cargo del bajo y a Stephen Adamo (que ya había pasado por Rock City Angels y estaba, por tanto, maldito) en la batería, se completó la formación que grabaría el primer y único álbum que vería la luz de Johnny Crash. Porque efectivamente, no necesitaron más de unos cuantos conciertos por Los Angeles para ser reclutados por una major y entrar en el estudio bajo la batuta del veterano Tony Platt. Y la elección de Tony, ingeniero de sonido entre muchos otros, de Highway To Hell y Back In Black de AC/DC (ambos a las órdenes de Mutt Lange), no parecía, en la primera escucha del álbum nada casual. Porque, como siempre se ha dicho de Johnny Crash -y fue el principal argumento para vilipendiarlos en su momento- el parecido de su sonido respecto al de la banda de los hermanos Young era más que sospechoso. Sin embargo, como quedaba ya patente en Hey Kid, el primer tema y single del álbum, los de de Vicki Wright podían llegar un tanto más lejos en cuestión de macarrismo. El corte, básico pero totalmente adictivo, abría el álbum por todo lo alto, para que con No Bones About It saquearan las arcas que The Cult, con su Electric, habían llenado a costa de saquear de nuevo a AC/DC. De nuevo crudos, incisivos, pero hipnóticos, y con un Wright pletórico, más centrado en aplastar a cualquier banda de su generación que en triunfar. Con otro riff incendiario cargaban en All The Way In Love antes de ponerse más serios con el blues pesado de Thrill Of The Kill. Axe To The Wax devolvía al grupo al ring con un nuevo estribillo a lo AC/DC ochentero y peleón para entonar a voz en grito. El lado más sleazy de la banda surgía en Sink Or Swing mientras que Crack Of Dawn suponía la entrega más puramente hard rockera (por más elaborada dentro de lo que cabe) del álbum. No creo que con Freedom Road pensaran que se fueran a forrar, porque más que una balada se trataría de un medio tiempo al estilo de los primeros D:A:D; pero ahí estaba, dando un relativo descanso -porque Wright no para de desgañitarse ni en ella- a tanto asalto adrenalínico. Porque de nuevo con un riff a lo Electric los chicos se reenganchaban en la recta final del álbum que se iniciaba con un Halfway To Heaven bastante limpio y que contrastaba claramente con el macarra final de la agresiva Trigger Happy y la deliciosamente sucia Baby Is Like A Piano, un blues simple y cantado con mucho humor que seguramente inspiró alguna jugada de Jesse James Dupree al frente de sus Jackyl.

Si sois lectores habituales de estas páginas imaginaréis cómo acabaron las cosas para nuestros protagonistas. Tras embarcarse de gira para presentar el álbum -que, por cierto, a penas tuvo repercusión comercial- junto a bandas como Pretty Maids, Bonham o los mismísimos Mötley Crue. Pero de poco sirvió. La banda ya estaba maldita, como se puede apreciar en unas crónicas que hablan primero de la partida de Adamo de la banda para que se sumara, ni más ni menos, que Matt Sorum (que se trajo consigo a Dizzy Reed). Con ellos se grabó un nuevo álbum (o eso se comentó en su momento), pero la coyuntura de la época -no hace falta dar más detalles- y el hecho de que el bajista Andy Rogers palmara de una sobredosis de heroina en el 92, provocaron que nunca viera la luz, la banda fuera botada de CBS y finalmente se disolviera. Por qué no hemos sabido nada de Vicki James Wright (al margen de sus coros en el Hellacious Acres de Dangerous Toys) después de este fracaso es otro de los grandes misterios alrededor de la banda; porque quizás no fueran originales, ni siquiera los mejores, pero lo que no se puede negar a Wright y a sus Johnny Crash es que en Neighbourhood Threat, a riesgo de sonar vulgar, le echaron muchas pelotas. Ya os digo, quizás no sea un clásico en toda regla, pero a muchos discos actuales los subimos al altar aportando mucho menos. De modo que sirvan estas líneas para rendir, al álbum y a la banda, un merecido tributo.

Juan E. Tur

 

THE SCREAM
Let It Scream
(Hollywood Records)

Hace pocas semanas, hablando de música con un colega que sabe mucho de esto (a ver si te animas a escribir en Rock Trip de una puta vez) salió a colación el nombre de The Scream en la conversación. No sé porqué, pero creo recordar que en nuestras "tertulias" musicales -últimamente muy poco frecuentes- la banda aparecía habitualmente, y en la última volvió a suceder. Claro, esta vez le hablaba de que podía colaborar escribiendo aquí, de que darse el gusto de divagar sobre un disco de tu colección que te encanta no es lo mismo que la obligación de escribir de novedades que rara vez te entusiasman. Y como cuenta pendiente salió la de The Scream y su único álbum, siempre en la recámara para ocupar su plaza en nuestro particular olimpo, pero que, por motivos desconocidos, nunca se había ganado el hueco en el momento oportuno. Sin embargo fue el hecho de que mi colega dijera que el álbum está ahora sobrevalorado, el que me forzó a reescucharlo y, finalmente (creo que empujado por la ganas de hacer justicia a su poderoso hard rock), a hablaros de él.

Y como muchas veces sucede con las bandas que rescato en esta sección, la de The Scream es el principio de una historia marcada por la mala suerte. En este caso la de nuestro querido John Corabi, un hombre que ha pasado por multitud de grupos y grabado con ellos álbumes de gran nivel, y que al final de todo ello no creo que haya vendido más de dos millones de copias entre todos ellos (lo que, teniendo en cuenta que uno es de Mötley Crüe, supone una cifra bastante baja). The Scream vieron la luz cuando Racer X, otra gran banda que no llegaba a arrancar, vio primero como su vocalista Jeff Martin abandonaba sus filas para unirse a Badlands como batería y el guitarrista Paul Gilbert abandonaba para tomar parte en el jugoso proyecto de Mr. Big. Es en esas cuando John Corabi, vocalista de Angora, se une a los restantes Bruce Bouillet, John Alderete y Scott Travis para dar vida a The Scream. Lo gracioso es que Corabi no pensaba en un principio asentarse en la banda, sino que creía que serían Angora los que finalmente le darían la fama, hasta el punto de que rechazó la oferta de unirse a Britny Fox para suplir al fugado Dean Davidson. Sin embargo llegó primero la oferta discográfica a The Scream a través de Hollywood Records y la carrera de Angora tocó a su fin. Sin embargo antes de que pisaran el estudio todavía tendrían que afrontar la salida de Scott Travis para unirse a Judas Priest, encontrando su sustituto en Walt Woodward lll. Ya con él en sus filas y bajo las órdenes del mítico productor Eddie Kramer (Jimi Hendrix, Kiss, Anthrax y un larguísimo etcétera) el cuarteto dio vida a Let It Scream, el que sería el único álbum de su carrera. Evidentemente eso no es lo que transmitía Outlaw, el tema que abría fuego en forma de estándar hardrockero de riff rápido y estribillo coreable, con Bouillet emulando a su tutor y amigo Gilbert. Pero lo mejor llegaba tras él, primero con la socarrona y más sleazy I Believe In Me, y después con la zeppeliana Man In The Moon, donde la banda se desprendía definitivamente de la sombra tecnicista arrastrada de Racer X para hacer puro y duro hard rock. Evidentemente no hay que engañarse tampoco, este álbum es el fruto de una época en la que el hard rock movía millones de dólares y como tal contenía todos los elementos necesarios para triunfar, pero viéndolo ahora con perspectiva también hay que reconocer a la banda el mérito de estar muy por encima de la media. Lo estaban la balada Father, Mother, Son y la rockera Give It Up, y quedaba claramente patente en Never Loved Her Anyway con su toque hillbilly, temas que no sólo eran puro entertainment, sino que rezumaban riqueza compositiva y ejecutante. Así la siguiente Tell Me Why comenzaba y se apoyaba en una base funky antes de que eso se pusiera de moda una década después, aunque su apuesta, como su poderoso estribillo demuestra, era por el hard rock. La festiva Loves Got A Hold On Me -una de mis favoritas- y Every Inch Of A Woman eran harina de otro costal; rockeras, directas, festivas, simplemente hard rock del que ya no se hace. Finalmente la dura I Don't Care, con Corabi haciendo gala de la potencia de su garganta, la power ballad You Are All I Need, y el cierre de Catch Me If You Can en la onda de los Aerosmith más gamberros, ponían el broche final al espectacular pastel.

Y con un álbum de esa envergadura, lo cierto es que la cosa no empezó mal. La crítica fue la primera en rendirse a la calidad del álbum, aunque el público, en un mercado tan saturado de producto como el de entonces, no se volcó precisamente a la hora de comprar el álbum. Sin embargo fueron sus colegas los primeros en reconocerles el mérito, y así, cuando Mötley Crüe se quedaron sin frontman tras la huida de Vince Neil, John Corabi, cuya voz ciertamente poco tiene que ver con la de Neil, fue el primero en ponerse en el punto de mira de Sixx y los suyos. Sería, como todos sabréis, la primera y no última equivocación de Corabi, que dejó de lado la prometedora carrera de The Scream para embarcarse en un proyecto del que, cuando fracasó a nivel comercial, fue acusado como único culpable. Esto le marcaría en adelante -muchos todavía creen que su carrera comenzó y acabó en la Crüe- y, aunque firmara geniales discos en sus dos entregas en Union (junto al también injustamente crucificado Bruce Kulick), nadie le hizo el caso que merecía. Paradójicamente, cuando hace meses estaba a punto de saltar de nuevo a la palestra -lo intentó antes en Twenty 4 Seven pero nadie estaba ahí para oirle- junto a Sixx (que no debía tener tan mala imagen de él como sus fans) en Brides Of Destruction, Corabi abandonó de nuevo el barco justo antes de que la banda firmara su contrato discográfico. El resto corrió diferente suerte. Tras intentar continuar sin éxito con la formación, fue su ex-colega Paul Gilbert el que recuperó a Bouillet y Alderete (de Walt Woodward lll ya nada más se supo) para su primer álbum en soltario tras su salida de Mr. Big, aunque sólo el bajista se uniría finalmente a la reunión de Racer X, mientras que el guitarrista se pasaría al terreno de la producción (fue ingeniero de sonido del debut de Buckcherry) y sólo dejaría muestras de su potencial -como su colega Corabi- en decenas de "tributos" perpetrados por Bob Kulick.

Juan E. Tur

 

JACKYL
Jackyl
(Geffen)

Son la banda más trabajadora del Rock'n'Roll, y dos menciones en el Libro Guiness de los Récords Mundiales así lo atestiguan, habiendo ofrecido cien shows en cincuenta días, entre los que se incluye una sesión maratoniana de veintiún conciertos en una jornada. El escenario es el hábitat natural de Jackyl y, en contra de lo habitual, siempre han apoyado sus giras con el lanzamiento de material de estudio, lo que explica el porqué de su reducida discografía -problemas con sellos a parte-. La contrariedad también se extiende a otros aspectos: surgidos en plena era del grunge consiguieron escalar posiciones en los charts de su país natal apoyados en una actitud de incorrección política que no estaba muy en boga por entonces, recurriendo a escándalos, tropiezos con la ley y actitud suicida. Lejos de los parámetros de las hair-bands de la década anterior, su estilo ha sido etiquetado de southern rock al estilo redneck, una denominación que ellos han potenciado en sus recitales, haciendo gala de un gusto por lo pueblerino que raya lo paródico: pies de micro con alojamiento para rifles, cables a modo de látigos, disparos al aire y una motosierra siempre humeante. Pero sus bazas no están limitadas a estos artilugios, su música está ahí para convencer a infieles e incrédulos, y para ello se encierran un mes junto a Bruce Fairbairn en un estudio de Los Angeles para gestar su debut homónimo: Jackyl.

El disco no puede comenzar de forma más prometedora. Un riff que evoca a Led Zeppelin, ZZ Top y AC/DC sólo puede presagiar lo mejor, y I Stand Alone lo confirma sin ningún género de duda. Hard rock de primera fila, con actitud arrogante y chulesca, y con mucha, mucha diversión. Estamos hablando de música atemporal en definitiva, que doce años después de su edición aun se muestra capaz de soportar la embestida de doce más. Un disco con dos caras bien diferenciadas, en el que la primera concentra los cinco hits que la banda consiguió en su primer asalto, aunque, todo sea dicho, algunos temas del otro lado hubiesen seguido el mismo camino de haberse lanzado como sencillo. El segundo corte es uno de sus himnos por excelencia, Dirty Little Mind, un tema calenturiento que no deja ni un segundo de respiro gracias a su marcado ritmo, su ráfaga de riffs y los gemidos de una fémina en celo en su parte central. Con un estribillo cercano al pop, Down On Me muestra la versatilidad de la banda, con unos coros de apoyo que personalmente me recuerdan a The Beatles. When Will It Rain, a pesar de ser un medio tiempo 100% hard rockero, cuenta con una elaborada melodía que lo convierte en un tema muy radiable (hablo de Estados Unidos, claro; dentro de nuestras fronteras el buen gusto es un bien escaso). La locura se desata con Redneck Punk, una bomba de relojería que recupera parte de la histeria del Ted Nugent de Wango Tango, y que supone uno de los puntos cumbres de su carrera. Con un final capaz de dispararle el pulso a un cadáver, el alarido final de Jesse -"shut uuuuup!!!"- promete dejarte sin habla. No hay un instante de tregua. El encendido de una motosierra precede a The Lumberjack, el tema que cierra la cara A, y al que deben la fama. El primer blues interpretado con una chainsaw en ristre tenía que saldarse con éxito a la fuerza. Y no os creáis que el rugir de la herramienta es producto de una labor de estudio, no. La presencia de la sierra mecánica en sus directos y en su discografía posterior se ha convertido en un elemento más, no en un simple gimmick. Tal como opina Jesse James, "es el instrumento más agresivo, abrasivo, destructor, maloliente y definitivo del Rock'n'Roll. No entiendo cómo todas las bandas no tienen una". La cara B se inicia con Reach For Me, muy cercana al sonido de los Aerosmith post-Pump, y en la que Jesse se permite un guiño a Mr. Tyler imitando su voz en un verso. Siempre se ha dicho de Jackyl que no eran más que una mera copia de AC/DC, cuando si se escucha su repertorio con atención -exceptuando algunos temas, donde la huella de Angus & Co. es más que patente- descubrimos una banda que tiene como referente a los de Boston. En la misma línea están los dos siguientes temas, Back Off Brother y Brain Drain, ésta con un demoledor solo de harmónica. Algo más apacible es Just Like A Devil, con un pegadizo estribillo; y el broche de oro lo pone She Loves My Cock ("Ella ama mi polla"), su tema sucio por excelencia. Y claro, con una letra tan explícita los problemas no tardaron en llegar. Grupos de feministas los tachan de misóginos, la portada del disco se cubre de adhesivos de Parental Advisory, y los Lynyrd Skynyrd los expulsan de su gira ante el temor de que una letra tan fuerte pueda ofender a su audiencia. Un panorama que aprovechan a su favor convirtiéndose en abanderados contra la censura, con Jesse posando desnudo en un reportaje fotográfico para Playgirl durante un concierto ante cinco mil personas.

Con su siguiente propuesta, Push Comes To Shove, estando MTV ya totalmente volcada en el fenómeno de Seattle, la acogida no fue tan aplastante como con su debut, con el que cosecharon doble platino, aunque disco de oro tampoco es minucia. A partir de ahí se suceden los cambios de compañía y el declive comercial a gran escala; pero, ya sea gracias a su colaboración con Brian Jonson o a un tema tan espinoso como Open Invitation (To Osama Bin Laden), han podido mantenerse lejos del anonimato. Sólo queda esperar a que decidan editar un DVD, un proyecto que lleva fraguándose desde hace un par de años y que saciaría nuestra sed durante una temporada. Mientras tanto, quemaremos su Relentless y brindaremos para que haya Jackyl durante una década más.

Javier Baz

 

POWERMAD
Absolute Power
(Reprise)

Antes de ponerme a escribir he repasado de cabo a rabo este apartado de Clásicos con objeto de poder afirmar, con orgullo, y sin miedo a equivocarme, que con este disco el trash-metal aterriza en la sección. Sí, ya sé que desde hace meses rondan por aquí Megadeth, pero su Countdown To Extinction está lejos de los parámetros del género que tantos buenos discos nos brindó en la segunda mitad de los 80s. Y hago hincapié en esa delimitación temporal porque, al menos en Estados Unidos, la siguiente década provocaría que los grupos abanderados del estilo dejaran de practicarlo -o así nos lo vendieron los medios- para pasar a practicar Metal, así, a secas. Eso en cuanto a las bandas grandes; las que nunca gozaron de un reconocimiento masivo se refugiaron en el underground o, directamente, desaparecieron. Pero, ¿por qué hablar de Powermad, y no de Metallica, Exodus o Testament, padres reconocidos del invento? Simple, por una cuestión de justicia. No puedo evitarlo, pero siento debilidad por los olvidados y los perdedores; grupos que pasaron con más pena que gloria, cuya influencia posterior se ha visto reducida a la nada, y que, sin embargo, nos legaron un puñado de temas clásicos (que van de la serie B a, en el peor de los casos, una Z mayúscula). Powermad pertenece al primer grupo -el de los olvidados- porque la fortuna nunca les pasó de largo: con su primera maqueta llamaron la atención de la prensa germana, ficharon con una multinacional, pasearon su rostro en una película de prestigio internacional -Corazón Salvaje de David Lynch-, y uno de sus himnos se convirtió en el tema de apertura de un programa de la MTV durante varias temporadas. No sólo eso. Tienen el dudoso honor de ser el grupo metálico más escuchado en España, gracias a que su tema Slaughterhouse sirvió de sintonía para uno de los cronistas de Caiga Quien Caiga. Pero, ¿cómo una banda afincada en Minneapolis (Minnesota) -es decir, alejada miles de kilómetros del centro neurálgico de la industria musical- alcanzó este estatus?

Formados en 1985, Joel DuBay (voz y guitarra), Todd Haug (guitarra), Jeff Litke (bajo) y Bill Hill (batería) iniciaron su andadura musical en la entonces floreciente escena de Minneapolis. Dos años después la independiente Combat Records les edita su maqueta homónima dentro del recopilatorio Bootcamp junto a las bandas Have Mercy y Napalm. A pesar de la precariedad tanto de sonido como de ejecución de este material, al otro lado del charco, concretamente en Alemania, dan que hablar a un sector de la prensa especializada. En 1988 la banda, que cuenta con un nuevo baterista (Adrian Liberty), entabla amistad con el productor Tim Bomba (ingeniero de sonido en discos de Faster Pussycat y Smashed Gladys), quien les facilita las negociaciones con Reprise Records, una filial de Warner Bros que les financia su primer trabajo discográfico, un EP titulado The Madness Begins. De sonido algo tosco, el disco ya muestra las credenciales de la banda: velocidad, marcialidad y la voz chillona de Joel. En los meses siguientes giran con GWAR, Fates Warning y Overkill hasta que llega el momento de meterse en el estudio para preparar su primer larga duración. Bajo la mirada atenta de Tim, y con los controles a cargo de James Barton (en cuyo currículum aparecen nombres de la talla de Eric Clapton, Metallica, Mötley Crüe, y un larguísimo etcétera) paren Absolute Power, un producto que en manos de Warner hay que promocionar como sea. Consiguen colar 12 segundos de uno de los temas en Dad (una película con Ted Danson y Jack Lemon en el reparto) y, meses después, el propio David Lynch llama a su puerta ofreciéndoles el tema principal de su siguiente pesadilla fílmica. La difusión internacional de la cinta los pone en oído de medio planeta, pero la torpeza de la major, no acostumbrada a trabajar con artistas de este estilo, no hace mucho a su favor. Su nombre no logra trascender. El destino parece estar sellado, y tras un tiempo de incertidumbre la banda se separa. Según su líder, Joel, la ruptura vino motivada por el cambio de rumbo musical que estaba experimentando la banda por entonces; aunque es muy posible que la verdadera razón fuera el bajo nivel de ventas que había obtenido el disco (para los baremos de una multinacional, claro). Pero -y ahora llega el momento de la verdad-, ¿con qué nos encontramos al pulsar el botón de PLAY?

Al iniciarse el disco seguimos a un reo a través del corredor de la muerte. Los salmos de un sacerdote, el sonido de los cerrojos al ser manipulados y el siseo del gas tóxico acompañan sus pasos hasta que la batería irrumpe con un redoble, dando el pistoletazo de salida a una serie de riffs encadenados a ritmo vertiginoso. De esta forma se inicia Slaughterhouse, eje central del disco y de la banda sonora de la película protagonizada por Nicholas Cage, sentando las bases de lo que se nos viene encima. Rafagazos eléctricos y paroxismo demencial. La velocidad se mantiene en el siguiente corte, Absolute Power, un tema que va directo a tu yugular para inocularte el veneno de un estribillo que deja secuelas en tu sistema nervioso. Convulsiones y espasmos en cuello y manos son sus efectos secundarios. El interludio instrumental en su parte central te convencerá del gran trabajo de guitarras que atesora este disco. Nice Dreams, el tema escogido para presentarlos al mundo y para el que se rodó un videoclip, nos muestra su lado más melódico. La finura de los solos de guitarra desaparece de un plumazo al ser rematados por unos agudos halaridos. Return From Fear nos devuelve toda la fuerza y energía de los temas iniciales, en lo que a mi parecer es una de las joyas de la corona. Riffs cortantes de cadencia vacilona te mantienen en vilo mientras la base rítmica arremete contra tu pecho, golpeándolo sin descanso, con unas líneas de bajo de la escuela Steve Harris. Test The Steel (Powermad) cierra la primera mitad del disco sin abandonar los riffs tajantes y las melodías cristalinas. A continuación, una intro semi-acústica nos adentra en Plastic Town, tema en el que melodía y brutalidad se dan la mano al tiempo que Joel alcanza agudos imposibles para el resto de los mortales. BNR (Bodies Not Recovered) se inicia de forma engañosa con una elaborada melodía de corte clásico para, sin previo aviso, soltarnos una patada en el bajo vientre con un riff insistente y machacón. Failsafe, en cambio, pone las cartas sobre la mesa desde un principio, revelándose como uno de los temas más veloces del álbum. La voz de Joel cambia de matiz, alternando sus omnipresentes agudos con berridos a lo James Hetfield. El riff afilado de Brainstorm nos acerca a la recta final; eso sí, manteniendo esa cualidad inherente a todo buen artefacto de trash-metal: el hacerte mecer la cabeza como un poseso hasta gritar basta. Final Frontier, con un bonito punteo de guitarra acústica en su parte inicial, nos deja sin respiración y con ganas de volver a adentrarnos en la dimensión Powermad, poniendo el punto y final a una obra sin parangón; una maravilla de principio a fin.

Y tras la tormenta, la calma. Joel, una vez disuelto el grupo, estuvo a punto de formar un proyecto denominado I4NI junto a Bobby Gustafson, recién salido de Overkill. El resto de componentes, en cambio, se adentró en otros parajes sonoros: Jeff actualmente toca en Terry Walsh and 2 AM, una banda de country-rock de la escena local de Minneapolis; Todd formó Dodd junto a Bill Hill; y Adrian ha participado desde entonces en varios discos de música folk (entre los que destaca su colaboración con la cantautora de raíces indígenas Annie Humphrey). Hace ahora un año Joel declaró tener intenciones de reagrupar la formación y volver a la palestra. Estaremos a la espera, aunque su actual afición al didgeridoo, un instrumento de los aborígenes australianos, no pinta las cosas muy bien.

Javier Baz


BRUCE DICKINSON.
The Chemical Wedding
(Air Raid Records)

Como toca periódicamente -más por capricho que por una disciplina auto impuesta-, uno se enfrenta a la labor de refrescar esta sección con la intención de encontrar en su discografía una joya reciente del rock. Una cuya edad sea relativamente breve para recordar que no sólo hace décadas se facturaban discos imprescindibles (e ignorados u olvidados preferentemente), sino que todavía hoy salen casi diariamente obras que, vendiendo mucho menos que otros discos muy cacareados, tienen una calidad infinitamente superior. Me ha salido larga la frase, pero bueno creo que el espíritu ha quedado claro: siempre estarás a tiempo de comprarte un disco de AC/DC pero no uno de Johnny Crash. Pese a ello, el caso que nos ocupa no es exactamente el mismo, porque el tipo que firma nuestro clásico es el frontman de una de las bandas más grandes de todos los tiempos. Sin embargo, cuando en 1998 Bruce Dickinson publicó este The Chemical Wedding, la mayor parte del que antaño fuera su público lo veía como un perdedor. Daba igual que Iron Maiden estuvieran tirando su carrera por el retrete, eran "la banda", y creían que Dickinson sólo era un tipo que quería sacar partido de su pasado. Luego, cuando el vocalista regresó a Maiden, todo fueron vítores, pero todos ellos habían dejado pasar a su lado, sin sentirla en primera persona, una de las aventuras más interesantes de la reciente historia del rock duro. Una aventura de la que este The Chemical Wedding era la última etapa.

Claro, cuando huele a humo, es fácil creer que hay fuego. Y por eso, cuando Bruce Dickinson publicó en 1996 Skunkworks, su segundo disco en solitario tras su salida de Maiden y aquél en el que profundizaba aún más en la brecha de sonido que separaba el estilo de su antigua banda y el más arriesgado emprendido en Balls To Picasso, la gran mayoría dio carpetazo en su interés por lo que el británico hiciera desde entonces en adelante. Dickinson, que siempre desde entonces se mostró en cualquier oportunidad que tuviera con la prensa molesto por este rechazo hacia su obra, captó el mensaje y no tardó en dar un giro a su nueva andadura. ¿Cómo? Pues con mucha rabia. Dickinson, además de inteligente (yo personalmente creo que mucho más que su socio Steve Harris) parece un tanto rencoroso, y quizás molesto viendo como sus ex-compañeros mantenían el tipo, aunque con dificultad con su nuevo sustituto, decidió ponerse las pilas para ser más Maiden que los mismos Maiden. Y así, rehizo toda su formación y se juntó con el también olvidado Adrian Smith, para grabar el que sería el mejor disco de la "Dama de Hierro" desde Seventh Son Of A Seventh Son. Claro está, si lo hubieran grabado Harris y los suyos. Pero no era el caso, y Accident Of Birth salió a la venta en 1997 pillando desprevenido a más de uno. Sin embargo, su anterior tropiezo y la calidad del The X Factor de Iron Maiden -que no de su gira de presentación posterior- hicieron que el álbum pasara un tanto desapercibido para el gran público. Pero el tiro de gracia estaba por llegar. Accident Of Birth había servido para que Dickinson recuperara a la suficiente cantidad de seguidores como para poder seguir girando y grabando, y ya con ellos, se embarcó en la composición y grabación de su obra más ambiciosa hasta la fecha. Así en 1998 veía la luz The Chemical Wedding. Inspirado por la obra literaria y pictórica de William Blake y con una portada ilustrada por el The Ghost Of A Flea del mismo artista británico, el álbum era una obra conceptual en la que el vocalista conjugaba las sensaciones inspiradas por la mitológica y un tanto embrollada última producción del escritor, que se traducían magníficamente en un heavy metal de sabor tan clásico y al tiempo tan actual como pocos han sabido crear desde entonces. La oscura y brutal King In Crimson abría el disco introduciendo al oyente, con su riff infernal y su poderoso estribillo, en el angustioso mundo de la obra de Blake, mientras que el siguiente tema, que daba título al disco, mostraba el lado más fantástico y épico de la misma, pero sin sonar pueril como hacen muchos -no voy a citar nombres- de los que quieren recrear, pongamos un ejemplo, la obra de Tolkien o similares. La elegancia era la clave y ésta seguía en The Tower, uno de los temas más celebrados del disco, en el que se hacía notable la labor en las guitarras de Adran Smith y Roy Z, que por su parte se consagraría como productor con este álbum. El nivel seguía en Killing Floor, aunque todo se revolucionaba con Book Of Thel, ocho minutos de compleja y adictiva obra maestra -diversos clímax, un estribillo impresionante y unos cambios de ritmo increíbles- difilmente repetible. Claro, tras él deslucen un tanto Gates Of Urizen o Jerusalem, temas verdaderamente complejos pero no tan directos como el anterior. Y Dickinson, quizás sabedor de ello, no dudó en meter tras ellos el más directo del álbum, el más "maideniano" -dentro de lo que cabe, porque el disco para nada lo es, a pesar de ser netamente heavy- Trumpets Of Jericho, todo un himno para sus shows. Machine Men seguía esa línea, pero quizás por ello se convertía en el más simple del álbum. No obstante, todavía quedaba el colofón. Porque sin con Book Of Thel parecía que se había alcanzado la cima de la obra, Dickinson todavía se había guardado en la manga el último as: un The Alchemist igual de ambicioso -otros ocho minutos, de diferente textura pero la misma intensidad emotiva- que ponía el broche final a un álbum que sólo se puede calificar de obra maestra.

Pese a ello no se puede decir que el disco tuviera un enorme éxito a nivel de público, ni mucho menos, pero la prensa especializada más independiente (evidentemente no en las revistas más "heavies" de nuestro país) empezó a deducir lo que estaba por llegar. The Chemical Wedding, la obra maestra de Bruce Dickinson en solitario y uno de los mejores discos de heavy metal de los últimos años -si no el mejor-, veía la luz tan sólo unos meses después de que se editara Virtual XI, el peor disco con diferencia de Iron Maiden. Y al mismo tiempo, meses después de ver a los de Harris hacer el ridículo ante unas multitudes que cada vez lo eran menos, unos pocos centenares de personas tuvimos la oportunidad de ver a Dickinson y compañía en una de las mejores giras que un servidor puede recordar. Cualquiera que viera al vocalista subirse por las torres de luz que llenaban el pequeño escenario de la sala Caracol un 22 de noviembre de 1998, que sintiera la potencia de los solos de Adrian Smith, sabía que en los próximos meses sólo podían suceder dos cosas, que Dickinson y Smith regresaran a Iron Maiden, o que finalmente ambos con su banda acabarían devorando al gigante del que habían salido años atrás. El resto es historia. Como decía, todos celebraron la vuelta de Dickinson y Smith a Maiden (yo uno de ellos, porque me sirvió para ver otro de los conciertos más míticos que jamás he vivido, el de la gira de reunión en el Pavelló Olímpic de Badalona), pero también a unos pocos nos quedó una espinita clavada, la de saber, por mucho que a algunos les moleste, que junto a Steve Harris Dickinson no creará una obra tan grande como The Chemical Wedding. A las pruebas me remito.

Juan E. Tur