TRAMPS' WHITE LION + SHOTGUN
Sala Apolo [2] Barcelona 17.11.2006
Texto y fotos: Salva G.

Esta moda de empezar los conciertos antes del horario previsto ya me está cansando. Aunque esta vez fueron unos pocos minutos los que se anticiparon, fueron los suficientes para que me perdiera el inicio de la actuación del grupo soporte, Shotgun, una banda patria a la cual ya había tenido la ocasión de disfrutar abriendo para alguien que ahora no recuerdo (debe ser cosa de la edad). Lo que sí recuerdo es que entonces tan sólo estuvieron en escena su cantante e imagino que el guitarrista, y nos ofrecieron un exclusivo set acústico con buenas versiones de hard rock. Y eso es lo que nos ofreció de nuevo la banda liderada por Annie Michaels (todo un tributo a su héroe Bret), pero esta vez con toda la artillería roquera perfectamente engrasada.

Lo primero que pude escuchar fue una digna versión del Hot Cherie de Hardline, seguida de unas cuantas versiones más, como Lick it up (Kiss), Girl you gave yourself too fast (Studs), Talk dirty to me (Poison) –en la que Annie se desmelenó en escena-, Kickstart my Heart (Mötley Crüe) y, para finalizar, una coreada por todos los allí presentes We're not gonna take it (Twisted Sister). Tras las despedidas pertinentes y el regalo de infinidad de púas por parte de Annie (muy bonitas por cierto) la banda dejó el escenario para que pudieran arreglarlo y poder ver a Mike Tramp en acción.

Y así fue, momentos antes de la hora prevista aparecieron en escena Mike y sus nuevos White Lion. Obviamente los nuevos músicos no atesoran (todavía) el carisma que tenían Vito, Greg o James, pero he de reconocer que se desenvolvieron bastante bien en sus papeles. La banda que acompaña actualmente a Mike es -y según sus propias palabras será- la que grabará un nuevo álbum –con el que prometió regresar de nuevo– y la misma que grabó hace unos meses el disco que supuestamente venían a presentar esa noche, el directo Rocking the USA. Puede que el mejor de todos, o al menos el que más me gustó en escena, fuera Troy Patrick Farell, batería del combo, aunque por motivos obvios el guitarra Jaime Law es el que acapara más atención sobre las tablas (descartando a Mike, claro), pues suyo es el protagonismo en varias de las canciones, sobre todo a la hora de hacer introducciones a los temas.

Pero no adelantemos acontecimientos. Tanto en el inicio con una potente Lights and Thunder -la misma que abre su último disco- como en el final con una imponente versión de Radar Love, Jaime lució su buen hacer a la hora de tocar la guitarra. Pero no fueron los únicos, pues la introducción de Fight To Survive también le sirvió para su lucimiento personal. Sin embargo destacaría por encima de todo la simpatía de Mike para con el público; hablando en un correcto castellano (vivir tres años en Madrid debe tener la culpa), saludando y haciendo bromas con la gente de las primeras filas. Hace ya muchos años que le vi al frente de Mabel, y unos pocos menos al frente de su poco valorado proyecto Freak of Nature, pero hoy día sigue manteniendo una muy buena imagen (reforzada por esos tremendo tatuajes que cubren su brazo izquierdo, entre los cuales destaca con luz propia el del gran Phil Lynott) y una voz más que buena.

Y esta noche no fue distinta a las anteriores. Su voz sigue siendo mágica. Le tengo un especial cariño, no se muy bien explicar la razón, pero así es. Pero como siempre en estos casos lo que realmente importa son las canciones. Y en este caso, Mike traía bajo el brazo un buen puñado de clásicos imperecederos. A los anteriormente comentados podríamos añadirle Broken Heart, Hungry, Lonely Nights, Little Fighter (In Memory Of The Rainbow Warrior) - tema culpable de que me hiciera socio de Greenpeace, y que trata sobre el atentado que costó la vida al antiguo barco de la famosa asociación que lucha por el buen funcionamiento del planeta-, It's Over, Tell Me, Wait y la que para mí es la mejor canción escrita por Mike, El Salvador, canción que como él mismo explicó, data del año 82 y fue escrita en Madrid, para su banda de aquella época llamada Danish Lions, el embrión de White Lion.

Para el anecdotario queda el momento en que Mike explicó a la audiencia que el famoso oe, oe, oe!! de los conciertos que corea el público se inventó en España y luego el resto del mundo lo copió. Incluso llegó a comentar que el resto de la banda no entendía nada absolutamente de lo que nos estaba contando, puesto que nadie conocía el español. En un momento del show alguien de la primera fila le pasó unas rosas blancas que por unos instantes mantuvo en sus manos, incluso llegó a coger un teléfono móvil de alguien del público y cantar directamente en él para el interlocutor, un bonito detalle de alguien que no se cree más que los demás. Lo que ciertamente no entendí fue cuando alguien del público le gritó que tocaran Love Don't Come Easy a lo cual respondió que había alguien en la banda al que no le gustaba tocarla, concretamente a Henning Wanner, el teclista, puesto que en esa canción no hay teclados. Algo extraño si tenemos en cuenta que en el álbum editado recientemente sí aparece dicho tema.

Otra momento anecdótico fue en la ejecución del tema If My Mind Is Evil. Mientras que en el tema grabado por la banda al final del mismo ante la pregunta Am i Evil? la respuesta es lógicamente: Yes, I am!, esta vez Mike tuvo la ocurrencia de contestar, “Sí, pero sólo un poquito”. Podría estar contando anécdotas del show infinitamente, pero creo que sería algo perjudicial para la web, así que lo dejaré en este punto. Lo ocurrido el viernes pasado en la pequeña de Apolo fue una buena muestra de lo que el hard rock era en los famosos 80's. Una época dorada que jamás volverá, pero que aún hoy día sigue haciéndonos sonreír cada vez que nos acordamos de ella. Larga vida a Mike y su nueva banda, de la cual espero que podamos disfrutar en años venideros, tal y como lo hicimos el viernes pasado en Barcelona.

 

DIAMOND DOGS
Valencia. Sala El Loco. 26 Octubre 2006.
Texto: Juan E. Tur. Fotos: Kike Moreno.

La sleeply Valencia town, que diría la adaptación de la letra del popular tema de los Stones, salió de su aturdimiento el pasado jueves por la noche para recibir la sorprendente visita de los suecos Diamond Dogs, un hecho que no por menos inesperado, hay que reconocer que viene justificado por el triste cierre de Ricoamor en Castellón -donde solían recalar todas las bandas rockeras internacionales de calidad a su paso por la Comunitat del cemento- o la previa presencia de los Dogs abriendo para The Cult en Benidorm (que si bien no es Alicante, si está más cerca de un Stereo en el que también han actuado con anterioridad) hace tan sólo tres meses. Con esos condicionantes pisaron Sulo y compañía Valencia y con expectación se les recibió en la capital por un público consciente de que había que sumar para que estas citas se sigan repitiendo en la ciudad.

Así alrededor de cuatro centenares de personas vimos, sobre las once y media de la noche, como los Diamond Dogs que grabaron el reciente Up The Rock -a excepción del guitarrista Fredrik Fagerlund, que fue sustituido por un colega al que no tengo el gusto de conocer- asaltaron el pequeño escenario de la sala El Loco sin mediación del artista invitado que se anunciaba en los tickets. El ambiente y la predisposición de la peña era buena y Sulo salió, como siempre, a comerse el mundo, aunque pronto pudimos ver que el sonido no era todo lo contundente que sería deseable y la banda tampoco parecía perfectamente engrasada. Llegados a este punto hay que señalar que Diamond Dogs siempre han sido una banda muy particular, primero porque las miradas se volcaron sobre ella por la implicación en el proyecto del Hellacopters Anders Lindström -primero, posteriormente también de Robert Dahlqvist-; y después porque, al margen de estos -que nunca giraban con la banda- la formación de los Diamond Dogs siempre fue un tanto inestable. No obstante, bajo sus siglas y con algunas piezas fijas y fundamentales como las de Sulo, el teclista Henrik Widén y el batería Jesper Karlsson, la banda facturó álbumes imprescindibles como Too Much Is Always Better Than Not Enough o Black River Road; y giró realizando conciertos memorables.

Lamentablemente en esta ocasión no nos encontramos con esa versión de los Dogs, sino con una que cumplía con el papel de interpretar sus potentes temas, pero que por un motivo u otro -¿posiblemente el de su rumoreada disolución?- no se desvivía como hacía antaño por demostrar su supremacía como principales portadores de las esencias del rock de sabor más añejo (y británico). Salieron pues y cumplieron, realizando una actuación de hora y media en la que no faltaron clásicos como Goodbye Miss Jill, Sad To Say I'm Sorry o Hand On Hart -al que ni los problemas de micro de Sulo pudieron restar emoción-, pero que supo a poco en las manos de unos actores que nos han ofrecido imborrables representaciones de más de dos horas con sólo sus dos primeros álbumes. No obstante, el peso de su rock puso el resto para que disfrutáramos de una velada en la que las pérdidas de compás eran lo de menos, pues uno sentía que quizás estaba disfrutando en directo de la mejor mala banda del mundo, una de las que suplen sus carencias con una autenticidad de la que va sobrada.

 

BUCKCHERRY
Vitoria. Azkena Festival. 01 Septiembre 2006.
Texto: Ignacio Alted. Fotos: PuFo.

Total, que me encontraba dando vueltas en una furgoneta por el centro del País Vasco -quizá una de las escasas perlas medioambientales, gastronómicas y culturales que quedan en España- cuando me enteré a través de un amigo de la visita de Buckcherry a nuestro país con motivo del festival Azkena Rock de Vitoria. Entendí que era la ocasión perfecta para dejar de lado durante unas horas el paraíso natural en el que estaba imbuido, formado a base de vacas, valles verdes y mucho silencio, y desviarme un poco al sur para ver con mis propios ojos a uno de los grupos que más admiración y entusiasmo ha generado con un disco debut. Es ese debut homónimo de Buckcherry, aquel en cuya portada aparecía la sensual imagen de una mujer recostada a modo de pantera de piel mutante, un disco lleno de himnos rockeros, de melodías enérgicas, de letras memorables; todo un pelotazo que se convirtió en mi disco de cabecera durante muchos años y que con cada escucha fue forjando un deseo indeleble en mi sesera: el de querer ver algún día sobre el escenario a la formación angelina desplegando su música en directo.

Otro aliciente para hacer un alto en ese viaje reparador fue la posibilidad de comprobar “in situ” las evoluciones del certamen vitoriano, al que los medios no especializados colgaron el membrete -quizá de forma apresurada- de “Mejor Festival rockero de España“. Pero en fin, del Azkena Rock sólo podría escribir una crítica parcial, algo sesgada, pues apenas estuve presente el segundo día. En cualquier caso, ya os lo adelanto: Nada nuevo en el horizonte. En mi opinión -y aquí sólo me represento a mí mismo-, no se puede pregonar a los cuatro vientos que eres el mejor festival de ROCK -con sus cuatro letras en mayúscula- y armar una programación con unos cabezas de cartel algo defenestrados y con grupos cuyos estilos musicales son totalmente inconexos, muchos de ellos, incluso, fuera de la concepción del rock.

Esta mala leche la fui incubando mientras pasaban ante mis narices todas las formaciones que precedían a Buckcherry. El primero de la lista fue Gang Of Four, un grupo al que la crítica “sesuda” bautizó como los pioneros del new wave punk. Tenerlos delante fue como ver crecer a una planta. Su música petrificaba al tipo más animado. Lentos. Pesados. Su único argumento musical fue el de sacar a mitad de concierto un bate de béisbol para crear una base rítmica aporreando un microondas. “!Qué duros!”, pensé para mis adentros mientras se me iba torciendo el gesto por el tedio.

Lo de Eagles of Death Metal tampoco entonó el panorama; más bien todo lo contrario. Esperaba que apareciesen sobre el escenario los nuevos salvadores del rock, tal y como me informaba el tríptico de la organización que me agencié al entrar en el recinto. “Una banda que se mueve dentro de los parámetros del rock más sucio y desgarbado (…) una música poco menos que necesaria en los tiempos que corren”, explicaba el folleto. Pero nada de nada. Los tíos intentaban rockear pero no podían. Como dijo aquel: “!cadeneta!”.

Y así pasaba un grupo tras otro, y cada uno que veía era como tener una vida menos en mi casillero existencial. Por supuesto ni me acerqué a visionar a Marah ni a Big Star, no fuera que se me contagiase algo de su erudición musical, tal y como lo definió el crítico del diario El País. Según este periodista, su concierto fue magnífico, “con ecos de los Stones y los Faces encabezados por Rod Stewart”. Desde aquí le respondo: reminiscencias stonianas y de los Faces tienen Quireboys, Black Crowes o Diamond Dogs, pero Marah parece más bien una banda sacada de una estación de metro. En fin, que me perdone por no pertenecer a su “intelligentzia” cultural.

Y por fin vino Buckcherry. Pero yo ya tenía la mosca detrás de la oreja por la escasa rentabilidad que le había sacado a mi entrada y ya estaba algo condicionado por todos los precedentes musicales. Quizá todo esto enturbió de sobremanera mi percepción del concierto de la formación que lidera Joshua Todd. En ese momento necesitaba un grupo que por fin pusiese un poco de orden a todo ese despilfarro de medios y dinero en que se había convertido el Azkena Rock. Quería que de verdad “el poder de las guitarras”, como dice el eslogan del certamen vitoriano, gobernase sobre el escenario y nos dejásemos de medias tintas. Desde luego, a priori, ellos eran los elegidos, si tenemos en cuenta sus discos Buckcherry y Timebomb… Pero todo se quedó en una simple anécdota. Su directo se desinfló en seguida, entre otros motivos por la errónea elección de temas en el set list.

Me explico. Los Buckcherry tienen tal capazo de himnos rockeros que cualquier directo podría saltar por los aires, gracias a los discos antes mencionados. Pero en lugar de eso se pusieron a presentar casi íntegramente su último trabajo 15, para mi gusto el lanzamiento rockero más lineal y decepcionante de los últimos tiempos. Sin nervio. Un disco más efectista que sentido, más de cara a la galería que de sustancia musical, más de continente que de contenido…

Es la razón por la que me pregunto: ¿No hubiese sido mejor mezclar la presentación de las canciones de este disco con los verdaderos trallazos de los dos anteriores? Joder, se trata de un festival y cada actuación tiene de media 90 minutos. Además se trata de un disco originariamente editado en Japón y la parroquia local es complicado que lo disfrute.

De esta manera, el directo comenzó con So Far, uno de los dos temas más moviditos de 15 junto a Crazy Bitch. Luego toda la retahíla de canciones planas de 15 : Out Of Line, Onset, Sunshine… Y nada, que aquello no arrancaba. Joshua Todd se manejaba con soltura; el tío tiene tablas, desparpajo, y buena voz en directo. Pero en absoluto estuvo arropado por el resto del grupo, y menos por el guitarra Keith Nelson, que no consigue trasladar todo el “punch” que muestran sus canciones en estudio. Este último sin matices, sin solos, sin nada. Para colmo a mitad de recital colocaron el lentorro For The Movies, y a aquello ya no había quien se enganchase. Con Crazy Bitch intentaron agitar la indiferencia del público, pero el intento fue en vano.

Y así avanzaba el concierto, pasaban los minutos y veía con mis propios ojos cómo Buckcherry fracasaba en su única actuación en España. Como último cartucho lanzaron Crushed y el mítico Lit Up, pero el naufragio era evidente. ¿Dónde se dejaron temazos como Check Your Head, Releated, Get Back o Dead Again ?¿Dónde se dejaron ese bomba en forma de canción titulada Lawless and Lulu? Pues ya os lo digo: en otro sitio. Estos tíos sólo parecen ser músicos de estudio.

 

THE WHO
Madrid. Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid. 27 Julio 2006.
Texto y fotos: Juan E. Tur

Todavía parece mentira que sucediera y a punto estuvo de no ser así. Ahora, a toro pasado, parece que sus shows fueron sendos llenos, pero los Who, en su primera visita, dejaron de realizar dos de los cuatro primeros conciertos que tenían previsto hacer en nuestro país (Benidorm y Barcelona) y los dos restantes, a pesar de presentar un muy buen aspecto, no colgaron el cartel de “no hay billetes”. No obstante esto tiene tres buenas explicaciones: la primera, la incultura general de nuestro país, en el que no se trató -a nivel cultural- este acontecimiento como merecía; la segunda, el público patrio, que es de los que va a los conciertos muchas veces para decir que estuvo allí, y claro, como los Who (“¿los quién?” les preguntarían sus colegas) no son los Stones, pues no van (así luego no te extraña ir a un concierto de los Rolling y ver que la mitad de la gente a penas conoce cuatro canciones). Pero hay una última no menos importante: la propia naturaleza de la banda británica, que potencia esos dos primeros factores. Porque los Who son una banda rarita. Rarita en el sentido de que, sin tener una extensa discografía, ésta además varía estilísticamente desde su principio a su fin.

Y así, raritos, éramos los que acudimos al Palacio De Los Deportes. Había gente con camisetas mods, clásicos rockeros y fans más veteranos que seguramente no podían creer que finalmente verían a una de sus bandas favoritas. Y esta mezcla heterogénea se juntó para ver un concierto que, a la postre, sería histórico. Porque, a pesar de haber visto decenas de filmaciones de sus diferentes giras, de ver caer a la mitad de sus miembros, de que los años se han ido sumando abundantemente a las espaldas del señor Daltrey y del señor Townshend, cuando se apagaron las luces y sendos focos iluminaron a nuestros protagonistas para que arremetieran con I Can't Explain el concierto fue mítico de principio a fin.

Con un escenario austero sólo ensalzado por un eficaz juego de luces y una producción de sonido espectacular –podría decir que la mejor que he escuchado en mi vida en un concierto- The Who basaron todo su espectáculo en su entrega y en el poder de sus temas, y no cabe decir cómo de poderosos son, especialmente los pertenecientes a su etapa más rockera. Porque, a pesar de que siempre se les identifique con el movimiento mod –al que enterraron (¿y humillaron?) con el mítico Quadrophenia- haciéndosele a la banda un flaco favor, fue a medida que fueron endureciendo su sonido cuando lograron sus mayores logros. Y así pareció sentirlo el público en Madrid, que si bien estuvo activo en todo momento, fue con temas como Baba O'Riley o Won't Get Fooled Again donde perdió realmente la cabeza.

Y es que no era para menos. Roger Daltrey tenía la garganta mejor que hace unos años y mantenía un buen aspecto físico; y lo de Pete Townshend, saltando y repartiendo los guitarrazos marca de la casa desde el primer tema, no tenía nombre. Si a su energía desbordante –al guitarrista se le vio ciertamente alucinado y retroalimentado con la reacción del público- se le sumaba la de una banda espectacular con John Palladito al bajo y Zak Starley (el hijo de Ringo Starr) a la batería haciéndonos olvidar las ausencias de Entwistle y Moon; uno se encontraba con toda una apisonadora de rock. El resto dependió de los gustos del personal, habría los que disfrutaran más del pop primitivamente british de The Kids Are Alright o Substitute o los que vibraran con momentos tan populares como los de Who Are You o You Better You Bet, aunque todos se encontraron en ese lugar común que suponen temas como Pinball Wizard o Behind Blue Eyes.

No obstante, si algo supone el resumen de lo vivido fue la ya citada Won't Get Fooled Again, la celebración con que fue recibida –sólo el delirio despertado también por el riff inicial de Pinball Wizard y el repetitito tecleo que sirve de punto de partida a Baba O'Riley fueron comparables- y, especialmente, las ganas con que los diez mil espectadores acompañaron el descarnado grito con que Daltrey encara su final. Esa catarsis sólo es posible ante un tema como ése (¿uno de los diez mejores de la historia del rock? seguramente), con una banda de esa categoría y en un concierto ejecutado al nivel que sentimos. Todo se conjuró así a pesar de todo. Los años, las pérdidas, las malas decisiones… todo se olvidó. De modo que, aunque se hayan hecho esperar, gracias por venir.

 

TED NUGENT
Barcelona. Sala Bikini 02 Junio 2006.
Texto y fotos: Salva G.

Veinte años esperando es mucho tiempo y eso hace que las expectativas vayan creciendo conforme se acerca el día del concierto. Y cuando ese día llega y obviamente pasa (todo en esta vida pasa, nada queda, como muy bien decía el poeta) a uno sólo le queda hacerse la pregunta del millón de euros (aunque deberían ser dólares, tal y como está el dólar hoy día sale más a cuenta el euro): ¿Mereció la pena tanta espera?. Ahora, en la frialdad de esta habitación desde la cuál escribo estas líneas y pasados unos días del concierto, mi respuesta sería un contundente sí. Por supuesto que mereció la pena, tanto para mí como para los pocos fans que estuvieron allí esa noche (la verdad es que pensaba que se agotarían las entradas con meses de antelación y ¡no fue así!); y digo esto con conocimiento de causa ya que siempre me gusta saber la opinión de los colegas respecto a lo que vieron y todos y cada uno de los que le pregunté aseguró que había sido un gran concierto.

Y sí, lo fue, un concierto lleno de clásicos (esa baza en las antiguas bandas es un as bajo la manga), temas nuevos (tanto de su último disco Craveman, como del próximo que edite) y versiones de todo tipo, que hicieron de ésa una gran noche. Para empezar a caldear el ambiente y con la banda ya sobre el escenario cuando pasaban unos minutos de las nueve, los tres músicos ejecutan una especie de introducción jam session donde podemos entrever las notas del himno americano saliendo de la Gibson de caja de tío Ted (ese será el único momento en el show que nos recordará lo patriota que es Ted, si descontamos claro está, que el telón de fondo del show es una inmensa bandera americana y que a cada lado del escenario sobre los Marshall del grupo hay otra bandera americana y una bandera ¡española!, increíble pero cierto), para instantes después descargar con una furia inusual para alguien de su edad (está más cerca de los 60 de lo que nos pensamos) una tremendo Stormtroopin como si aún estuviéramos en los grandes ‘70.

A partir de aquí fueron cayendo uno tras otro clásicos de Ted sin descanso. Bueno, sin no consideramos como tal esos extensos solos que acompañan a todas y cada una de sus canciones y que, al final, sí que nos conceden algún tipo de descanso para nuestros cuellos, que se balancean a un ritmo infernal marcado por su sonido de guitarra, que tras ese primer tema pasó a ser ya durante todo el concierto, excepto en el bis, una clásica Gibson modelo Les Paul. 17 temas en total (si no perdí la cuenta), de los cuales como era de suponer, el público disfrutó más cuanto más clásico era el tema. Así la palma se la llevó Catch Scratch Fever interpretado a última hora del show, poco antes de arremeter contra el primer y único bis de la noche, Great White Buffalo. Algún ejemplo más sería Dog Eat Dog -el cual tuvo que esperar a que cambiasen la caja de la batería de Wild Mick Brown (Dokken), ya que éste la había roto-, Motorcity Madhouse -en medio del que la banda interpreta el clásico Baby Please Don't Go -, una temprana Free For All o un tema tan bestial como KLUSTRPHKME, con ese riff pesado que utilizó Ted durante gran parte del show para acabar varias de sus canciones.

Barry Sparks (Dokken) bajista de la banda, tuvo su momento de gloria particular en la interpretación del clásico del soul Hey Baby (momentos antes Ted interpretó una corta versión de Soul Man) y más adelante, creo recordar que el propio Barry interpretó Need You Bad al completo. Tan sólo Rawdogs & Warhogs, sonó esa noche allí de su último disco de estudio Craveman (si no me falla la memoria). Still Raising Hell y Girl Scout Cookies (este último la suele tocar en sus directos) fueron los dos únicos temas nuevos que ejecutó en la parte central del concierto y pudimos comprobar que su nuevo material sigue siendo tan salvaje como lo era el antiguo. En definitiva, una gran noche de Rock la que vivió Bikini en manos del antiguamente conocido Salvaje Ted Nugent. Si no estuviste allí tú te lo perdiste.

 

BACKYARD BABIES + SUPAGROUP
Barcelona. Sala Apolo. 22 Mayo 2006
Texto y fotos: Salva G.

Creo que lo acontecido anoche en la Sala Apolo sólo tiene un nombre: histórico. Cuando accedí a la sala ya noté en el ambiente que esa noche viviría algo importante en mi vida, y así fue. Las dos bandas que iban a tomar el escenario minutos después sabían perfectamente lo que el público esperaba de ellos y eso es exactamente lo que le dieron. Un público bastante joven por cierto, que disfrutó de cada nota que salía del P.A de la sala.

Aunque no se llenó (algo que nunca entenderé) la conexión entre el público y las dos bandas fue total. Tanto Supagroup, la banda de New Orleans, como los suecos Backyard Babies se dejaron la piel sobre el escenario en sus respectivos sets, e incluso la nueva banda que vimos sobre el escenario –bautizada por el propio Dregen como Supa Babies- dejó al público satisfecho. Y es que para finalizar esta trepidante velada acabaron en escena los dos grupos entonando una excesiva versión de Johnny B. Good, coreadísima por los asistentes (así tengo la garganta hoy).

Pero antes de ese momento se vivieron algunos más. Tal vez no tan intensos, pero sí emocionantes. Para empezar la noche Supagroup tomó el escenario ante el escaso público que había en ese momento (luego se congregó algo más), pero para nada desganado. Ya sobre las tablas atacaron con Ready to go, el tema que abre su disco Rules. La evidencia de su amor por los maestros AC/DC es evidente, pero ellos puede que le impriman algo más de fuerza que los australianos, seguramente porque la juventud está de su parte. Todos los componentes del grupo tuvieron su momento. El bajista Leif hizo una breve introducción para Bastard, el pequeño (aunque sólo de estatura) Benjí, hizo un corto solo con su guitarra a modo de introducción para la “fumanchunesca”, Let's go (Get wasted), si no recuerdo mal, e incluso Michael, el batería, hizo su pequeño solo, acabando éste con un regalo en forma de camiseta de la banda para el público (Benjí hizo lo mismo cuando le tocó su turno y Chris regaló unos adhesivos del grupo).

It takes balls, Invisible me y One for the money fueron algunos de los temas de Rules que cayeron esa noche. La anécdota del concierto creo que sería cuando Chris advirtió al público que sólo podían tocar dos temas más y que, si alguien quería alguna en especial, la tocarían, pero nada de versiones. Imagino el por qué (el parecido con AC/DC hace fácil la demanda de ese tipo de temas). El show llegó a su fin y con una tremenda sonrisa en sus caras, los miembros de Supagroup se despidieron del respetable agradeciéndonos el haber estado allí esa noche. No, gracias a vosotros por la noche de auténtico Rock and Roll que nos regalasteis.

Tras un corto espacio de tiempo (el necesario para retirar el material de Supagroup) las luces del local se apagaron y empezó a sonar un tema a modo de intro (parecía una especie de polea extraña, realmente prefería el tema de Ramones con el que abrían años atrás los shows y por ello tuve un mal presentimiento hacía el concierto que estaba a punto de presenciar). Pero cuando estuvo la banda al completo sobre las tablas y atacó sin piedad con Ghetto you (¿o puede que fuera U.F.O Romeo? ) cualquier mal presentimiento voló de mi cabeza.

A partir de ese momento lo único que pudimos ver esa noche fue un auténtico espectáculo de puro Rock and Roll. Sí, lo se. Es bien cierto que el respetable disfruta más con los temas pertenecientes a su clásico Total 13, del cual cayeron U.F.O Romeo, Highlights, Look at you y Made me madman (si no recuerdo mal) y por ello cuando suenan se vuelven más locos, pero también es cierto que toda su discografía está plagada de grandes temas, es más, incluso diría que de soberbios temas. Cómo si no se pueden llamar a Brand new hate una de las canciones que no pertenece a Total 13 y que vuelve a la gente completamente loca durante su interpretación (¿alguien sabe que el autor de este tema es ni más ni menos que mi adorado Ginger?), o la sorpresa de la noche, Three wise monkeys, que aunque lo presentaron como un tema perteneciente a su Making enemies is good, sólo aparecía en la edición japonesa o acompañando a la edición de algún single como las antiguamente conocidas caras B. Y estos son sólo dos ejemplos de temas no pertenecientes a su famoso Total 13, porque la banda también interpretó como primer bis (¿seguro que no me falla la memoria?) Minus Celsius, bastante bien acogida por el público antes de atacar junto a los hermanos Lee y Leif, de la banda telonera Supagroup, la anteriormente citada Johnny B Good como auténtico fin de fiesta.

Evidentemente la banda venía presentando su más reciente trabajo llamado People like people like people like us (PLPLPLU) y de él fue del que más temas interpretaron, cosa que por cierto tengo que agradecer sinceramente. Cockblocker Blues fue el primero en caer al principio del concierto, cantado por Dregen, Dysfunctional professional, We go a long way back (dedicada ésta al malogrado Kike Turmix, fallecido hace unos meses y responsable de que Backyard Babies tocasen por primera vez en España en el año 1998), Blitzkrieg Loveshock, PLPLPLU y mi preferida Roads ( Una banda que es capaz de crear algo tan bello como Roads debería estar en los altares del Olimpo del Rock) con Nicke a la guitarra acústica.

En definitiva una bonita noche de Rock and Roll (cuya anécdota vino de la mano de Dregen cuando felicitó a la ciudad por haber conseguido la Copa de Europa para momentos más tarde aparecer en escena enfundado en una camiseta del F.C Barcelona que momentos antes le había regalado alguien del público), aunque como siempre suele suceder en estos casos, demasiado corta.

 

GUNS N' ROSES
Madrid. Auditorio Juan Carlos I. 25 Mayo 2006.
Texto: Juan E. Tur

La del jueves 25 era a priori una noche histórica. Ahora, a posteriori, puedo decir que también lo fue. Me explico. Todos sabemos lo mucho que se ha hablado de los nuevos Guns N' Roses y del hasta ahora inédito Chinese Democracy, pero la presencia de Axl Rose y sus nuevos compañeros en nuestro país, abriendo oficialmente su nueva gira mundial, en su segunda intentona de regreso tras la fallida de hace más de tres años, y diciendo a bombo y platillo que el nuevo disco está al caer, hacía de ésta una oportunidad única para Axl Rose de demostrar que, de los dos frentes más serios surgidos tras la ruptura de la última formación que editó algo de la banda, la que tenía “más pelotas” era la suya.

Con predisposición de eso, de verle arrasar, emprendimos viaje a Madrid, haciendo caso omiso al lejano eco que nos recordaba desde el fondo de nuestras cabezas que también cabía la remota posibilidad de que a Axl se le cruzaran los cables. Y allí nos plantamos para ver como, con cierto retraso, se abrían las puertas del recinto; lo que en primera instancia justificó el retraso con que comparecieron en escena los teloneros, unos Living Things que suponían, con su rock ramplón y su imagen calculada para agradar a la prensa “erudita” –imitando a Bowie el vocalista y a tres gafapastas sus compinches-, la antítesis de lo que los Guns fueron en su día. No obstante la escasa respuesta del público no hizo que su set se recortara y terminó, en medio del hastío y la indiferencia del personal, un cuarto de hora por encima del momento señalado a priori para el inicio del concierto de GNR. Luego sabríamos que no había nadie en ese momento con ganas de salir al escenario.

Y así vimos a los técnicos y roadies preparar el escenario para Guns N' Roses y dar, aproximadamente a las 22:35, las señales indicando que todo estaba listo allí. Hasta entonces la gente no había protestado, pero poco a poco, viendo como no sucedía nada, el ambiente se fue calentando. Primero fueron unos muy tímidos silbidos, luego algún arranque del popular cántico “hijos de puta” no coreado como era propio, y más tarde el arranque directo de algunas sillas del recinto, que educadamente se acercaban al escenario por el público para hacer saber que, con el retraso, la entrada a más de 40 euros y los cachis de cerveza a nueve, esto se podía convertir en un nuevo Sant Louis para el currículum de Axl Rose. Fue entonces, y no antes, cuando desde la organización –las 12 de la noche casi cumplidas- la organización dio la cara para apelar a motivos técnicos como causa del retraso y anunciar el inminente inicio del show. Así la gente se atemperó y esperó todavía un cuarto de hora más hasta que, como en Rock Trip averiguamos más tarde, el promotor consiguió traer a rastras a Axl Rose hasta el recinto donde tenía que actuar.

No es de extrañar pues que, cuando se apagaron las luces y empezó a sonar una intro grabada, fuera más fácil escuchar, esta vez sí coreado a viva voz por la mitad del aforo, un emotivo “hijo de puta” que sólo se calmó, en parte, cuando empezaron a sonar las notas de Welcome To The Jungle.Do you know where the fuck you are? ” gritó Axl antes de que un golpe de pirotecnia diera por iniciado el show y el vocalista esquivara el primer cachi de cerveza como respuesta a su pregunta. Pero realmente Axl no se encontró con la jungla, sino con un público entregado a medias a su espectáculo. Yo no me puedo poner en la piel de los demás, pero a mí todo el inicio con Welcome To The Jungle, It's So Easy, Mr. Brownstone y Live And Let Die me dejó bastante frío, principalmente por el hecho de que fueron ejecutadas sin la garra que no sólo se le ha de reclamar a Axl Rose y a su banda –una banda que era sinónimo del peligro que transmiten sus canciones-, sino la que se le reclama a un tío que debe conquistar el mundo y además llega dos horas tarde a su cita. Además la selección de temas, aunque de calidad indudable, no mostraba a un Axl orgulloso de su producción –interpretando temas arriesgados de los Use Your Illusion, por ejemplo- sino jugando a lo seguro y ofreciendo lo mismo que hace Addler's Appetite, pero con un tono bastante más aburrido.

Mal empezaba la cosa y excepto los fans acérrimos –yo diría que la mitad del aforo- el resto parecía recibir, escuchar y despedir las canciones como un servidor: sin excesivo entusiasmo. En esas llegó el primero de los nuevos temas de Axl y posiblemente –junto a The Blues- el mejor, un Better que, como el resto que interpretó ya estaba inteligentemente difundido por la red para que fuera conocido por el personal (¿si no por qué no circula ningún tema que no toquen en vivo?). La novedad me despertó, pero la gente tampoco mostró excesivo entusiasmo con él, como sucedería con el resto de canciones nuevas, que además se definen –a excepción del homónimo Chinese Democracy - por ser temas de corte pausado o directamente baladas.

Y fue eso lo que propició un factor añadido para que la cosa continuara mal. Porque la banda empezó a encadenar temas lentos, clásicos a destiempo, elecciones desacertadas -¿cómo tocas Knockin' On Heaven's Door (segunda versión de la noche) o Outta Get Me, con la de temas que tienes a tu disposición?- largos solos e interludios eternos, insuflando un ritmo comatoso al concierto que no conseguían revitalizar momentos álgidos como You Could Be Mine o el final de November Rain, dos de los pocos destellos de la noche. El resto fue sopor, sensación que también transmitían la banda de mercenarios de Axl –cuya capacidad de transmisión sobre escena no podía ser más nula- y el propio vocalista, que no sólo no pidió disculpas por el retraso de un modo bastante peregrino, sino que además sólo se atrevió a dirigirse a la concurrencia de un modo indirecto, hablándose al cuello de la camisa, y gastando bromas privadas con sus compañeros, con lo que más que el rockstar que suponíamos volvería a ser, parecía un boxeador sonado aguantando como podía su último asalto a base de repetir unos trucos –los giros sobre sí mismo, gritos al cielo, etc.- cuya capacidad de sorpresa era nula.

E igual que empezó, el concierto acabó. Primero cerrando el setlist principal con dos temas del Appetite My Michelle y Night Train - y regresando en un único bis con Madagascar –para el para aburrimiento del personal- antes de cerrar definitivamente con Paradise City, cuya capacidad de denuncia y rebeldía era mitigada por el circo en el que se interpretaba: en medio de fuegos artificiales y confeti e interpretada por unos tipos –Axl incluido- que no se habían ganado, con su calculado, previsible, soporífero y convencional concierto, el derecho a interpretar un tema que surgió de la rabia.

No dudo que fue, para los fans de las canciones, aquellos que se quedaron anclados en los días en que los Use Your Illusion, Appetite y Lies cambiaron sus vidas y se convirtieron en sus únicos discos, un buen concierto. Pero sin embargo para los seguidores no sólo de sus canciones sino también de lo que sus éstas trasmiten –en estos me incluyo yo-, fue sin duda un espectáculo muy triste, aunque también como dije al principio histórico. Y lo fue porque asistimos, a pesar de que esperábamos lo contrario, al entierro definitivo de Guns N' Roses. Velvet Revolver, renegando de su pasado y del hard rock, echaron la primera palada de tierra sobre la tumba, y Axl Rose, convirtiendo Guns N' Roses en un espectáculo para nostálgicos propio de Las Vegas, ha puesto la losa. No obstante no hay que ponerse tristes, porque cualquier amante del rock sabe que éste sigue en las calles, ya sea con Crystal Pistol, Hellacopters, Avenged Sevenfold, The Black Halos o decenas de bandas más, y si quieres puedes acercarte y desvivirte por ellas con la misma intensidad. ¿Y para los nostálgicos de Guns? Pues nada, que ya tienen una tumba nueva que visitar.

 

THE BLACK HALOS
Castellón. Ricoamor. 11 Abril 2006.
Texto y fotos: Juan E. Tur

La sala Ricoamor es como el salón de tu casa, una de esas salas que no sólo son pequeñas sino que, a pesar de ello y de estar en medio de un barrio residencial, además ofrece habitualmente shows en vivo y casi siempre de rock. O sea, que es una especie en extinción. Las que yo recuerdo similares en Valencia -Gasolinera, El Glop, El Asesino, todas más ligeramente más grandes que Ricoamor- o bien no existen o si lo hacen ya no programan conciertos. Pero la castellonense sigue ahí y recibiendo además las visitas de buena parte de las giras más importantes –en calidad, que no en cantidad- de bandas de rock que pasan por nuestro país. ¿El secreto? No lo conozco, pero el hecho de que los parroquianos no fallen a cada una de las citas seguramente es un buen pilar para su pervivencia.

El concierto de los canadienses The Black Halos fue una prueba más de ello. La sala estaba, como siempre, a reventar, pero cuando sonaron los primeros compases de Three Sheets To The Wind, el himno que abre el último álbum de los de Billy Hopeless, supe que los asistentes cumplían con la cita establecida por el local. Porque a pesar de ser un brillante y coreable bombazo de punk rock, a penas una decena de los asistentes respondió a su estribillo, mientras el resto simplemente disfrutaba de un concierto que debería ser bueno simplemente porque estaba programado.

Y nadie se fue decepcionado. Porque el concierto que realizaron los Halos fue admirable. La banda suena compacta con las dos sustituciones realizadas sobre la formación original que se separó en el 2002 y Billy Hopeless asumió de nuevo el protagonismo con su show autodestructivo que brillaba especialmente en las reducidas dimensiones del escenario de Ricoamor. Los himnos del reciente y más brillante Alive Without Control (la impagable Unchanged, Darkest Corners, Exit Stagefright … vaya colección de temazos) se mezclaban con sus viejos hits como Capt. Moody, Retro World, Somethings Never Fall o sus versiones del Warsaw de Joy Division y I Need To Know de Tom Petty; y todo ello mientras Hopeless abrazaba a un espectador o besaba a una chica que se cruzaba ante el escenario si la canción y su corazón se lo dictaban.

El sonido no era bueno –el diseño y la acústica de la sala no acompañan- pero los de Vancouver demostraron su veteranía sonando potentes hasta un final (la prueba la proporcionó la banda que abrió para los Halos, que disfrutando de las mismas condiciones, no supo sacarles el mismo partido) que tuvo lugar -tras una pausa que parecía acabar definitivamente con el show- con las habituales Shooting Stars y Where Eagles Dare, esta última original de los Misfits, que nos dieron una última oportunidad de cabecear ante un Billy totalmente enloquecido. Así pues, tras poco más de una hora, acabamos extenuados ante un show memorable en el que, una banda de prestigio se dejó la piel –ya me gustaría ver esa actitud a otros colegas, sin ir más lejos, como Backyard Babies- para convencer a apenas un centenar de afortunados espectadores. Cosas como ésa sólo pasan en salas como ésta. Que abran una igual en mi ciudad.

 

ERIC SARDINAS + ANA POPOVIC
Valencia. Greenspace. 30 Marzo 2006
Texto y fotos: Juan E. Tur

No soy un apasionado de los guitarras solistas. Los discos de Joe Satriani o Steve Vai me gustan más cuando más directas son sus composiciones, cuanto más sencillos son sus giros, y si tuviera que inclinarme por un virtuoso de las seis cuerdas, lo haría sin duda del lado de Paul Gilbert, el que más se ríe de sí mismo y quizás menos razones tiene. Todo un genio el tío. Digo esto para dar argumentos a los que se me enfaden por lo que viene de ahora en adelante, que no es otra cosa que la crónica de un show del que recibí menos de lo que esperaba.

La cita era en el Greenspace, un chanchullo/sala organizado a medias entre la alcaldía de Valencia y una popular marca cervecera para que el dinero que generen algunos conciertos nunca lleguen a manos de los promotores locales privados que mantienen las salas por su cuenta y riesgo, sino de algún intermediario que suele ser cercano a la corporación de turno. El caso es que acudimos allí por primera vez desde que está abierta -hasta ahora sólo habían acudido grupos "indies"- convocados por el eco de la anterior visita de Sardinas, que había dejado boquiabiertos a los pocos que pudieron verle en su anterior paso por Valencia en la reducida Black Note. El recinto no nos pareció muy bueno, pero la cerveza al menos era barata, de modo que nos predispusimos a ver primero la actuación de Ana Popovic, otra guitarrista virtuosa de origen europeo, que desplegó unas composiciones teñidas de blues y jazz, pero tamizadas por un sonido mucho más asequible. Su actuación desde mi punto de vista fue un tanto sosa y denotó alguna falta de sincronía con sus compañeros desde los primeros compases, lo que quizá condicionó su desarrollo.

Pero el plato fuerte era Sardinas, al que hasta entonces yo no había visto en solitario, pero que por lo que percibí tiene un nutrido grupo de seguidores. El guitarrista salió a escena como un torrente, enfundado en una especie de traje de cowboy, y ejecutando un blues rock agresivo cercano casi al hard rock, y edulcorado con numerosos toques sureños con el slide como protagonista. Sin embargo su show se desinfló para mi gusto cuando a penas llevaba un tercio de su desarrollo, pues vi que Sardinas iba a seguir hasta el final como había empezado, alargando los giros de sus composiciones y jugando con efectismos tanto sonoros como estéticos.

Así fue y la gente lo disfrutó, por lo que quizás yo no sea lo suficientemente sensible a la calidad desplegada por este peculiar bluesman. Sin embargo no puedo dejar de escribir la pregunta que me surgió esa noche viendo la actuación: ¿Los que han venido aquí adorarían con la misma devoción a un Ted Nugent que hace lo mismo que Sardinas mejor y más divertido desde hace más de dos décadas? ¿Influiría en ellos que Nugent es un facha mientras que de Sardinas se dice que es un virtuoso?